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jueves, 17 de marzo de 2011

Anecdotario #3 (La vuelta en bici)

Hoy sintiendo la necesidad de hacer ejercicio (provocada por el miedo a ponerme fondón y perder mi esbelta figura), y aprovechando que hoy no ha llovido nada, he decidido irme a darme una vuelta por ahí con la bicicleta.

Primero debía equiparme correctamente para tamaña gesta. He mirado en el armario de mi padre y he encontrado unas mallas (pero muy aburridas, sin redes, ni X amarillas ni nada) en las que debían caber dos hombretones de mi talla, así que he abandonado la esperanza de ir de etiqueta y he cogido mis viejos y fieles pantalones cortos Adidas, una camiseta "percobia" y mis cómodas, feas y prácticas bambas viejas.

Una vez equipado he ido a buscar el vehículo, mi corcel de acero, (bueno, mío no, de mi padre, que mi bicicleta se me quedó chica y se la dimos a mi primo) al trastero. Y tras resolver el puzzle de sacar de un cubiculo de 1.5x2.5 (así a ojo) en el que hay dos bicicletas y una estantería, de abrir la puerta del parking y ponerme un flamante casco (me ha dado el venazo cauto) me he dispuesto a iniciar mi recorrido.

Mientras me sentía avergonzado de mis cutres vestimentas al ver pasar individuos con un set mejor que el de Alberto Contador, para rematar a pasado un tipo EN CABALLO ¿Como coño compito yo con eso?

Y queridos contertulios os preguntareis ¿Un puto caballo? Pues sí. Resulta que vivo en lo que muchos quieren hacer pasar por una ciudad pequeña, pero no pasa de pueblo grande, y esto está justificado. Resulta que yo he paseado a la vera de un río, visto patos, un tío me ha pasado por al lado en caballo y he atravesado un rebaño de ovejas. Todo esto esquivando múltiples excrementos. Así que concluyo que es un pueblo (pese a las horribles fábricas que ves si miras en dirección contraria a la de camino-río) .

Tras llegar al pueblo vecino he decidido volver y como sorprendentemente he sobrevivido al llegar a casa tenía que guardar la bici así que tras abrir muchas puertas, una de ellas, la puerta anti-incendios que está entre el parking y los trasteros, con la ayuda de un estetoscopio (que mal va la puta llave)he finalizado mi aventura.

Otro día, más. Ahora voy a recuperarme de los roces en la zona innombrable, y reflexionaré en quien decidió que un mullido cojín no era un buen asiento.